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Déjà vu en California
Llevados en la fragata San Salvador de las huestes españolas, al son del viento y las olas del Pacífico, los ancestros indígenas de los salvadoreños arribaron en 1542 a California, contribuyendo al descubrimiento de los territorios más septentrionales de América, que con el tiempo se convertirían en emporio económico y que arrastrarían de nuevo a miles de descendientes pipiles y lencas a realizar un trayecto de más de 3,500 km, con la constante del sacrificio y la añoranza de una tierra natal que queda atrás. Nada nuevo bajo el sol.
Texto: Carlos Chávez/ Ilustraciones: Mauricio Duarte/ Fotos: cortesía de Universidad de Barcelona
Como una ironía entre el ayer y el hoy, hace 465 años un grupo de pipiles cautivos, abordo de fragatas españolas, avistaron las cumbres pobladas de abetos y pinos de California y Oregon. Su presencia formó parte de la primera expedición comandada por europeos, emprendida desde América, hacia esa región del mundo.
Donde antes las cartografías dibujaban horripilantes bestias marinas o simplemente una raya trazaba el fin del mundo —conocido—, hoy se espigan rascacielos y Disneylandia. Donde pretéritos indígenas llegaron obligados; hoy en día más de 1 millón de salvadoreños han llegado a esas tierra —muchos en sin documentos— empujados por sus penurias socioeconómicas.
La tesis de que pipiles y lencas —ancestros de los salvadoreños— contribuyeron al descubrimiento de California era ya conocida por historiadores locales.
Publicaciones recientes dan fe de una parte de esa historia. El aficionado a la historia colonial salvadoreña Carlos Ruiz y la docente Carmen González Huguet escribieron sobre este tema en 2000. Se enfocaron en la construcción de navíos españoles en la costa salvadoreña y en la descripción del viaje y del personaje de Juan Rodríguez Cabrillo, el expedicionario español a quien se le considera el descubridor de las costas de California, quien fuera alcalde de Acaxutla, actual puerto salvadoreño.
El tema volvió ha ser objeto de investigación en 2007. Las universidades de Barcelona (España) y Francisco Gavidia (El Salvador), por iniciativa de el empresario salvadoreño José Manuel Ortiz, residente en Castilla-La Mancha, comenzaron a contrastar esa tesis con escritos del siglo XVI.
Fruto del estudio se ultiman detalles para la publicación del libro titulado a priori “La contribución del pueblo indígena salvadoreño al descubrimiento de California”, el cual se lanzará el próximo verano simbólicamente en la ciudad de Los Ángeles, donde el Ministerio de Relaciones Exteriores calcula que hay más de 1 millón de salvadoreños, producto de la intensa emigración o diáspora.
Para entender por qué españoles llevaron indígenas tan hacia el norte, el historiador salvadoreño Sigfredo Cabrera Rajo y el economista catalán Miquel Rivero Alti advierten que en el siglo XVI primó la búsqueda del oro, el enriquecimiento fácil, el ascenso social como hidalgo y vivir a costa de los vencidos, aun a costa del sometimiento severo del indígena o esclavos —quienes eran repartidos bajo el sistema de la “encomienda” o repartimiento de un grupo de indios para que trabajaran a cambio de protección y evangelización—.
El estudio demandó que Cabrera se sumergiera siete meses en el Archivo General de Indias de Sevilla (AGI), del Instituto Histórico de la Marina en Madrid, y el Archivo General de Centroamérica en Guatemala, así como centros de documentación. Durante ese tiempo pasó hojeando docenas de amarillentos legajos, de más de 400 años de antigüedad. Algunas de las piezas documentales no habían sido revisadas desde 1990.
Entre los materiales en los cuales encontraron información sobre la travesía de Juan Cabrillo, a bordo de la nave San Salvador, rumbo a California figuraron: ordenanzas de la Corte Real española, dirigidas y enviadas con puño y letra de Pedro de Alvarado; adjudicaciones de encomiendas y títulos gubernativos, tal como el otorgado a Juan Rodríguez Cabrillo. Toda la información fue cotejada con documentos del siglo XVI, ampliamente difundidos, tales como las crónicas de los sacerdotes Bernal Díaz del Castillo y Bartolomé de las Casas, entre otros.
Dentro de la investigación de Cabrera y Rivero una de las primeras referencias bibliográficas sobre las expediciones —desde Centroamérica a otras regiones— data de 1532. En “Las capitulaciones de Indias” se reseña cómo la Corona Española avaló al conquistador de Guatemala y Cuscatlán, Pedro de Alvarado, a descubrir nuevas tierras sobre el océano Pacífico, pero sin entrometerse en la jurisdicción de otros gobernadores.
En 1537, Alvarado anunció a la Corte Real que encomendaría la construcción de navíos y que realizaría un viaje en busca de la Isla de las Especierías (Molucas), en Asia.
Desde 1537 a 1542, Alvarado aparece en documentos legales monárquicos comisionando la fabricación de los barcos al alcalde de Acaxutla, Juan Rodríguez Cabrillo, quien residía en Santiago de Guatemala, y era encomendero de los poblados de Jocotenango, Cobán, Tacuba y Jicalapa (los dos últimos, actuales municipios salvadoreños).
El soldado cronista Bernal Díaz del Castillo escribe en su diario: “De una muy buena armada que hizo el adelantado Pedro de Alvarado en el año de 1537 en la provincia de Guatemala, donde era gobernador, y en su puerto que se dice Acaxutla”.
Los expedicionarios, de acuerdo con a investigación, estaban equipados con 13 naves “de 100 toneles de porte” (100 toneladas de carga), una galera de remos con artillería y fusilería, 50 caballos, un “patache” (pequeño barco mercante) y un número indeterminado de indios en servicio.
Acaso como un homenaje al santoral andaluz de la época, las principales naves fabricadas recibieron el nombre de Santiago, San Salvador y San Miguel, alcaldías de la real audiencia de Guatemala donde fueron construidas. La primera “nao” pertenecía a Alvarado; la tercera, a Rodríguez. La San Salvador será, después, la nave a la cabeza de la expedición a California.
Alvarado y Rodríguez Cabrillo partieron a Nueva Galicia (Guadalajara, México) en septiembre de 1540 a reunirse con el virrey Antonio de Mendoza, quien les dio instrucciones de avanzar sobre la mítica Cíbola, el equivalente a El Dorado, que para la época se suponía que estaba ubicado al norte de Nueva España (México), más allá del mar de Bermejo o Cortés. De paso, el virrey les comisionó encontrar una nueva ruta hacia la isla de las especierías.
El historiador salvadoreño Pedro Escalante Arce adversa la idea de que pipiles fueran tripulados hasta México. A su juicio, podían haber muerto, escapado, enfermado o ser reemplazados por aborígenes de la región de Colima (actual estado mexicano). En esa zona se encontraba el puerto de Natividad (ahora Puerto Manzanillo), donde Alvarado “estuvo años” en la zona.
“La historia de que indígenas pipiles fueron a California es romántica o nacionalista; no hay certeza en ello, no lo creo”, dice Escalante.
No obstante, los investigadores de la universidad de Barcelona sostienen que durante la permanencia en tierra mexicana, Cabrillo y Alvarado debieron mantener de cerca a los nativos centroamericanos siempre a su servicio, dado que estaban en otra jurisdicción y no podían disponer de otras encomiendas. Además, el proyecto de viaje al norte se venía fraguando desde la Audiencia de Guatemala. Hay poca información sobre la duración de la estadía en tierra azteca y tampoco datos que deslegitimen la tesis.
Hacia lo desconocido
Pedro de Alvarado murió en un accidente en Jalisco el 4 de julio de 1541. Once meses después, Juan Rodríguez Cabrillo retomó el proyecto de encontrar las islas de las especierías. El expedicionario dispuso de tres naves: San Miguel, Vitoria y San Salvador. Esta última estuvo bajo su comando, tras abandonar el puerto de Natividad, el 27 de junio de 1542, en dirección hacia lo desconocido.
Conforme al diario de navegación de Juan Páez, quien acompañó a Cabrillo, ocho días después de haber dejado puerto los marinos tuvieron a la vista el ápice de la península de California, que hasta hacía tres años había dejado de ser considerada una isla. En 1539 Francisco de Ulloa, a petición de Hernán Cortés, dio cuenta del carácter continental de California, tras verificar su semidesértica costa occidental, oriental y sureña.
El cuaderno de bitácora de Páez no menciona nada sobre el tratamiento al indígena. El investigador Sigfredo Cabrera Rajo aduce que “los castellanos no tomaban en cuenta a los esclavos, salvo para el servicio que les proporcionaban, el indígena no tenía voz, salvo su esfuerzo físico”.
El 28 de septiembre de 1542, Cabrillo arriba a una ensenada a la que bautiza como San Miguel (actual ciudad porteña de San Diego). El clima y paisaje empiezan a cambiar. De desértico pasa a pequeños valles con bosques aislados que les recuerdan su natal España.
Unas millas antes de llegar a la actual bahía de San Francisco, debido al cambio en las condiciones climáticas, Rodríguez Cabrillo y su gente deciden hacer una pausa en la búsqueda de la Cíbola. Toman refugio y encuentran una isla que denominan San Salvador (hoy Catalina, frente a la megalópolis de Los Ángeles). Luego retoman ruta al Norte. Cabrillo, quien padece de una gangrena en su brazo, muere en la isla que habían denominado San Miguel.
La expedición es continuada dos meses después por un tal Bartolomé Ferrel, de acuerdo con el diario de Payés. Al divisar un sitio entre la actual frontera de California y Oregon, encuentran un clima más húmedo y frío que los golpea. En sus crónicas aparecen descritas robustas coníferas del norte de California que cuelgan de los acantilados y que llegan hasta la orilla del mar mismo. Las provisiones se agotan y emprenden el viaje de regreso a puerto Natividad, en el actual Manzanillo. Las playas de Colima los reciben el 1.º de marzo de 1543, después de 11 meses de viaje, en el cual nunca se detalló el número de bajas indígenas.
“No pudimos desde España saber que sucedió con los indígenas desembarcados, esto debe estar en algún archivo del sur, en espera de descubrimiento de tan importante hecho histórico”, acepta Miquel Rivero.
La historia de California tiene algo de sorna. La Cíbola nunca fue encontrada por los españoles. La expedición fue considerada en la Nueva España como un fracaso. Sin embargo, tras el aspecto yermo que los expedicionarios se hicieron de la California del siglo XVI se escondían enormes vetas de oro y plata, que en 1848 desataron una fiebre y una vorágine de anglosajones y de otros ciudadanos ávidos de riqueza inmediata. Posteriormente se registraron otros recursos fueron descubiertos en esta región, que la han convertido en la octava economía del mundo, de acuerdo ranking del Banco Mundial de 2007. California es el territorio más poblado y rico de Estados Unidos, donde viven 1.1 millones de salvadoreños.
Para la Universidad Francisco Gavidia, la investigación histórica significó una inversión de $15,700, de los cuales $3,500 fueron utilizados en la logística de acceso a documentos en España y estudios de manuscritos antiguos. El resto del presupuesto ha sido destinado a la publicación de un futuro libro.
El rector de la casa de estudios, Mario Ruiz, habla de enviar una propuesta al Ministerio de Educación para que este periplo salvadoreño sea incluido en los planes de cátedra de historia. La Universidad del Sur de California está haciendo sus propias investigaciones.
Será hasta el próximo mes de noviembre de 2008, cuando se realice el Segundo Congreso Nacional y Centroamericano de Investigación, organizado por la Asociación de Universidades Privadas de El Salvador (AUPRIDES), cuando la UFG presente oficialmente la investigación en El Salvador.
“Esta información no otorga (a los salvadoreños) un derecho automático de estar en California. Pero históricamente podemos abogar con argumentos para que se dé un trato mejor y distinto al inmigrante, porque hubo una contribución real”, razona José Manuel Ortiz, salvadoreño-estadounidense, originario de Intipucá y fundador de la sede española de la Organización Salvadoreños en el Mundo.
José Manuel asevera que hay razones para sentirse orgulloso de la humilde contribución de los ancestros de los salvadoreños, quienes han sido parte de la historia californiana, mucho antes de que arribaran anglosajones a la costa este (1620) y oeste (1805) del actual Estados Unidos. El artífice de la investigación José Ortiz considera que no existe otro estudio con este nivel de rigurosidad académica y con referencias bibliográfica de los actores de la época.
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